viernes, abril 15, 2005

Ubi sunt

Recuerdo aquellas palabras —y otras tuyas como si fueran mías— igual que se recuerda la cola de un meteoro, querido Salicio. Me quedó en la memoria una estela fugaz y radiante, una imagen fría y honda que centellea. Recuerdo la ingenuidad, es decir, la vida. Entonces un yo adolescente miraba el mundo como se mira al cielo o a una mujer: con estupor, con vértigo y con deseo. Pero aquello pasó... Y en este instante preciso en que la palabra escrita se ordena y se conforma en renglones disputando a la realidad de la noche la realidad imposible de los sueños, he de confesarte a la par el pudor y la feroz alegría que me embarga al sentirme todavía capaz de poner en pie mis fantasmas y hacerles bailar al ritmo de las teclas del ordenador.

Querido amigo, si fuese capaz de interponer un narrador —o varios— entre el pronombre yo y los signos de la escritura, igual que se interpone una cámara de fotos entre el ojo y la realidad, entonces sería capaz de escribir a menudo, casi tanto como de respirar. De verdad, Salicio, que nada me gustaría más que contar como sabe mirar el objetivo de una cámara y registrar así con simple precisión las emociones de la realidad.
Tal vez lo intente.

Nemoroso.